viernes, 22 de enero de 2016

'Jugadorxs'.

Y es que todo me resulta demasiado injusto. Parece que la vida nos pone a jugar como temerarixs a aquellxs que considera que merecemos vivir nuestra partida en modo 'supervivencia'. Como si no fuera lo bastante temerario labrarse una identidad desde el nacimiento partiendo de un origen aleatorio, también se nos obliga a tener que luchar contra las trampas y lxs monstruxs que cada escenario nos va descubriendo en el camino sin apenas elementos en el kit de supervivencia, contando con que hemos tenido la suerte de nacer con él.

Somos muchxs lxs jugadorxs que jugamos la misma partida, pero ningunx de nosotrxs tenemos lxs mismxs monstruxs ni las mismas (des)ventajas. Algunxs superan 'chetados' o con multitud de botiquines aquellos obstáculos que su suerte natural les impone y logran salir o evitar las veredas de cristales punzantes que rozan con el precipicio de la perdición. Pero otrxs, sin embargo, nos originamos en tales veredas y hemos de transitar huérfanxs de recursos por cada uno de los pequeños huecos de las sendas, dispuestos, bien a enfrentar a lxs monstruxs que nos encuentren por sorpresa, bien a sortearlxs con inteligencia, bien a avanzar a merced de algo o alguien que nos ayude a poder vislumbrar una salida luminosa que se nos haga imposible encontrar por nosotrxs mismxs, o bien a pararnos en un punto del camino y dejar que nos destruyan.

No todxs conocemos las reglas del juego. No todxs sabemos o podemos avanzar eficazmente por entre sus escenarios. Algunxs pierden el equilibrio y caen por el precipicio, apenas al principio de sus caminos. Otrxs son empujadxs hacia él. Pero otrxs vamos a tientas y con semblante forzado esquivando nuestrxs monstruxs e intentamos taponar con vendas los flujos de dolor y ansiedad fatídica que emanan las heridas subyacentes que cada día nos vamos haciendo al tiempo que nos consumen conforme se nos suceden los escenarios. Pero se nos acaba la racha y no tenemos más vidas: nos caemos al precipio; nos convertimos en monstruxs.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El olor de tus recuerdos.

Y es que podrá cesar la melodía, pero no se llevará de mí tu fragancia. Podrán quebrarse tus huesos, pero no tu alma, el perfume con el que me deleitabas. Abandonabas hoy tu existencia humana hace ahora un mes atrás. Un mes sin ti, pero contigo. Te recuerdo casi a diario como si aún pudiera observarte, como si pudiera disfrutar de tu presencia pese a tu eterna decacencia, tu olvido obligado, tan irrelevante para mis sentimientos.

Pero estás conmigo. Te llevo grabada en mis retinas y creo escuchar tu peculiar risa al tiempo de observar cada fotografía que he podido atesorar. En tu día, quiero creer que la vida -o tú misma- me ha querido regalar algo con lo que recordarte, algo a lo que abrazarme cuando nuevamente te extrañe. Me has regalado lo mejor que podría desear conservar: tu olor.

Tengo en mis manos aquel vestido cian que adorabas, que no cesabas de vestir. Recuerdo cuando cantabas, cuando cocinabas, cuando hacías migajas de pan duro a tus gallinas, incluso cuando canturreabas esa particular canción tuya para llamarlas. Aún recuerdo tu danza ambulatoria de pie quebrado, tan acompasada como tu débil respiración al pasearte por los confines de tu ahora alienada casa, para pararte a observar. Tu vestido bailoteaba al son; son que únicamente puedo visualizar en la instancia en un trasluz de mi memoria.

Te anhelo, abuela; no sabes cuánto. No imaginas cómo desearía abrazarte una vez más, acariciar tus manos, sentir de nuevo su calor, su gloria bendita. Ojalá pudiera hacer eco vivo de tu risa, del amor de tu mirada, de tu más tierno abrazo y de tu más noble corazón. Quiero creer que todas mis lágrimas se evaporarán en forma de besos para tu ahora esencia, abuela; una esencia que ahora guardarán con celo las tan lejanas nubes que cada día logran dulcificar tu ausencia.

Sin embargo, en este precioso día de sol no encontré nubes al ir a verte; mi corazón me ha revelado que te dejé durmiendo en aquel vestido que llevabas, ese vestido que hoy he vuelto a abrazar. Gracias por haber bajado de las nubes para estar conmigo hoy. Gracias por haberme permitido sentirte una vez más.