Sí, nos conocemos; ¡y a qué nivel nos conocemos! Llevamos saliendo casi desde toda la vida, ciertamente. Nuestra relación comenzó en mi niñez más inocente y sin apenas cerciorarme de su existencia. Pude soportarla duramente hasta que, con ayuda, tuve el valor de plantarle cara y corté con ella radicalmente; o eso creía. Creí que se marcharía sin girar la vista atrás cuando la alejé de mí de esa forma, pero hoy de nuevo ha vuelto a mi vida y pretende quedarse de nuevo. Quiere que le dé otra oportunidad y, como parece que sigue queriéndome a su manera, no soy capaz de negársela. Me dice que mi vida no tiene sentido vivirla si no es a su lado, que ella siempre ha dado y da todo por mí en nuestra relación forzada y que yo parezco intentar deshacerme de ella, cosa que la enfurece de sobremanera. En consecuencia, a veces me hace llorar y maldecir mi existencia, pero trato de convivir con ella en silencio pese a todo, para no llamar la atención de un entorno que tampoco podría ayudarme a dejarla. Ella me pide que le regale mis pensamientos, que le hable y la abrace cuando me sienta miserable, pero ignora que la causa de mi agonía es ella; ella cada vez que pretende que le ofrezca mi vida; esa que ya le regalé enteramente sin querer hace ahora algunos años. Cada día restringe más mis emociones. Me pide que haga lo que sea necesario para demostrar que nuestra relación es saludable ante todos mis allegados y conocidos, pero que deje de reír y sonreír cuando me devuelva a la intimidad. Y no lo soporto. No soporto ver su disfrute reavivando en mi recuerdo cada fracaso que he ido cometiendo, al igual que no aguanto percibir su risa con cada palabra mal pronunciada que alcanzo a verbalizar oralmente cuando mi inseguridad habitual hace que me vuelva víctima de la ansiedad ante situaciones comprometidas. Tampoco soporto observar su gozo cada vez que caigo ante mis pretensiones. Desde que estoy con ella, cesan mis ganas de vivir cada vez que un nuevo pensamiento positivo intenta abrirse camino en mi espíritu. Creo que me está envenenando.
Tampoco puedo dormir junto a ella. Siento que puede ahogarme en cualquier momento, y ese miedo me provoca temer inconmensurablemente la inconsciencia que provoca la bendita ensoñación que tanto bien me hace. No me permite salir, leer, concentrarme y me está consumiendo de nuevo lentamente. Yo la llamo Dafne, pero, ¿Cómo la llamarías tú?
Te he buscado en la luz del sol, en los astros de la noche y en la materia terreste que alcanzo a percibir, pero sólo en las nubes te he vuelto a encontrar. Me hallo ahora observando tus coordenadas. Me observas sin observar en silencio, o tal vez llorando por tu regreso a la metafísica de nuestras percepciones sin poder hacernos partícipes del porqué de tu trascendencia. Aún recuerdo cuando eras en mi dimensión, cuando dejabas seducir tus sentidos por la placencia de nuestra mutua companía y las benditas consecuencias que de ella se derivaban. Recuerdo cuando laborabas a voz de abubilla las tonadillas de tus emociones mientras yo me divertía uniéndome a entonar a la par contigo aquellas sentidas canciones que juntas lográbamos eclipsar. También recuerdo cuando el alegre frescor de tu sonrisa incompleta inundaba de luz el vacío abisal del que yo, sin elegirlo, era partícipe, fruto de mi innata condición de soledad. Me desvivía por amarte. Te desvivías por amarme, abuela. Hoy sólo puedo amarte desde el silencio de mis lamentaciones o la precisión inconsciente de mis palabras. Escribo con la tinta de cada latido sinérgico cuan grande es mi nostalgia y cuanto lamento no haber sabido aprovechar la mayor parte de los momentos de los que pude haber sido partícipe con esa ahora marchita síntesis carnal tuya que siempre me dio cobijo, que cambié por días fútiles de execrable tediosidad ociosa cuando, para colmo, eran abundantes las oportunidades de disfrutar de tu presencia. También rondará por siempre en mi memoria ese malestar físico y esa maldita desidia inconsciente que me llevó a no poder acompañarte en los últimos suspiros mecanizados de tu, entonces, frágil existencia humana. Desde entonces cargo con la cruz de mi penitencia sin hacerte, por supuesto, a ti culpable.
Que no daría yo por volver a abrazarte, besarte y quererte como antaño tu conciencia e inconciencia me permitían poder hacer. Desde que no estás, abuela, me siento sumida en un lapso inconmensurable de vivencias recordadas que no me permite hacer de mi presente actual el regalo que querría hacerme cuando llegase viva a tu edad, si es que soy capaz de no acompañarte antes. Como ves, te escribo desde la tragedia inconsciente que ahora es nuestro lazo de unión más reciente. Pero para mermar en mí este infortunio, desde hoy te dibujaré en las nubes y encontraré impresas en cada una de ellas tus notorias y características expresiones de felicidad que ahora tantísimo anhelo. Quiero creer que aún sigues a mi lado. Quiero creer que me hablarás con ellas. Será ahora nuestro lenguaje; será ahora mi hábito observarlas. Necesito que así sea.