Somos muchxs lxs jugadorxs que jugamos la misma partida, pero ningunx de nosotrxs tenemos lxs mismxs monstruxs ni las mismas (des)ventajas. Algunxs superan 'chetados' o con multitud de botiquines aquellos obstáculos que su suerte natural les impone y logran salir o evitar las veredas de cristales punzantes que rozan con el precipicio de la perdición. Pero otrxs, sin embargo, nos originamos en tales veredas y hemos de transitar huérfanxs de recursos por cada uno de los pequeños huecos de las sendas, dispuestos, bien a enfrentar a lxs monstruxs que nos encuentren por sorpresa, bien a sortearlxs con inteligencia, bien a avanzar a merced de algo o alguien que nos ayude a poder vislumbrar una salida luminosa que se nos haga imposible encontrar por nosotrxs mismxs, o bien a pararnos en un punto del camino y dejar que nos destruyan.No todxs conocemos las reglas del juego. No todxs sabemos o podemos avanzar eficazmente por entre sus escenarios. Algunxs pierden el equilibrio y caen por el precipicio, apenas al principio de sus caminos. Otrxs son empujadxs hacia él. Pero otrxs vamos a tientas y con semblante forzado esquivando nuestrxs monstruxs e intentamos taponar con vendas los flujos de dolor y ansiedad fatídica que emanan las heridas subyacentes que cada día nos vamos haciendo al tiempo que nos consumen conforme se nos suceden los escenarios. Pero se nos acaba la racha y no tenemos más vidas: nos caemos al precipio; nos convertimos en monstruxs.