Pero estás conmigo. Te llevo grabada en mis retinas y creo escuchar tu peculiar risa al tiempo de observar cada fotografía que he podido atesorar. En tu día, quiero creer que la vida -o tú misma- me ha querido regalar algo con lo que recordarte, algo a lo que abrazarme cuando nuevamente te extrañe. Me has regalado lo mejor que podría desear conservar: tu olor.Tengo en mis manos aquel vestido cian que adorabas, que no cesabas de vestir. Recuerdo cuando cantabas, cuando cocinabas, cuando hacías migajas de pan duro a tus gallinas, incluso cuando canturreabas esa particular canción tuya para llamarlas. Aún recuerdo tu danza ambulatoria de pie quebrado, tan acompasada como tu débil respiración al pasearte por los confines de tu ahora alienada casa, para pararte a observar. Tu vestido bailoteaba al son; son que únicamente puedo visualizar en la instancia en un trasluz de mi memoria.
Te anhelo, abuela; no sabes cuánto. No imaginas cómo desearía abrazarte una vez más, acariciar tus manos, sentir de nuevo su calor, su gloria bendita. Ojalá pudiera hacer eco vivo de tu risa, del amor de tu mirada, de tu más tierno abrazo y de tu más noble corazón. Quiero creer que todas mis lágrimas se evaporarán en forma de besos para tu ahora esencia, abuela; una esencia que ahora guardarán con celo las tan lejanas nubes que cada día logran dulcificar tu ausencia.
Sin embargo, en este precioso día de sol no encontré nubes al ir a verte; mi corazón me ha revelado que te dejé durmiendo en aquel vestido que llevabas, ese vestido que hoy he vuelto a abrazar. Gracias por haber bajado de las nubes para estar conmigo hoy. Gracias por haberme permitido sentirte una vez más.



