domingo, 8 de noviembre de 2015

El olor de tus recuerdos.

Y es que podrá cesar la melodía, pero no se llevará de mí tu fragancia. Podrán quebrarse tus huesos, pero no tu alma, el perfume con el que me deleitabas. Abandonabas hoy tu existencia humana hace ahora un mes atrás. Un mes sin ti, pero contigo. Te recuerdo casi a diario como si aún pudiera observarte, como si pudiera disfrutar de tu presencia pese a tu eterna decacencia, tu olvido obligado, tan irrelevante para mis sentimientos.

Pero estás conmigo. Te llevo grabada en mis retinas y creo escuchar tu peculiar risa al tiempo de observar cada fotografía que he podido atesorar. En tu día, quiero creer que la vida -o tú misma- me ha querido regalar algo con lo que recordarte, algo a lo que abrazarme cuando nuevamente te extrañe. Me has regalado lo mejor que podría desear conservar: tu olor.

Tengo en mis manos aquel vestido cian que adorabas, que no cesabas de vestir. Recuerdo cuando cantabas, cuando cocinabas, cuando hacías migajas de pan duro a tus gallinas, incluso cuando canturreabas esa particular canción tuya para llamarlas. Aún recuerdo tu danza ambulatoria de pie quebrado, tan acompasada como tu débil respiración al pasearte por los confines de tu ahora alienada casa, para pararte a observar. Tu vestido bailoteaba al son; son que únicamente puedo visualizar en la instancia en un trasluz de mi memoria.

Te anhelo, abuela; no sabes cuánto. No imaginas cómo desearía abrazarte una vez más, acariciar tus manos, sentir de nuevo su calor, su gloria bendita. Ojalá pudiera hacer eco vivo de tu risa, del amor de tu mirada, de tu más tierno abrazo y de tu más noble corazón. Quiero creer que todas mis lágrimas se evaporarán en forma de besos para tu ahora esencia, abuela; una esencia que ahora guardarán con celo las tan lejanas nubes que cada día logran dulcificar tu ausencia.

Sin embargo, en este precioso día de sol no encontré nubes al ir a verte; mi corazón me ha revelado que te dejé durmiendo en aquel vestido que llevabas, ese vestido que hoy he vuelto a abrazar. Gracias por haber bajado de las nubes para estar conmigo hoy. Gracias por haberme permitido sentirte una vez más.

jueves, 22 de octubre de 2015

Ella y yo.

Sí, nos conocemos; ¡y a qué nivel nos conocemos! Llevamos saliendo casi desde toda la vida, ciertamente. Nuestra relación comenzó en mi niñez más inocente y sin apenas cerciorarme de su existencia. Pude soportarla duramente hasta que, con ayuda, tuve el valor de plantarle cara y corté con ella radicalmente; o eso creía. Creí que se marcharía sin girar la vista atrás cuando la alejé de mí de esa forma, pero hoy de nuevo ha vuelto a mi vida y pretende quedarse de nuevo. Quiere que le dé otra oportunidad y, como parece que sigue queriéndome a su manera, no soy capaz de negársela.

Me dice que mi vida no tiene sentido vivirla si no es a su lado, que ella siempre ha dado y da todo por mí en nuestra relación forzada y que yo parezco intentar deshacerme de ella, cosa que la enfurece de sobremanera. En consecuencia, a veces me hace llorar y maldecir mi existencia, pero trato de convivir con ella en silencio pese a todo, para no llamar la atención de un entorno que tampoco podría ayudarme a dejarla. Ella me pide que le regale mis pensamientos, que le hable y la abrace cuando me sienta miserable, pero ignora que la causa de mi agonía es ella; ella cada vez que pretende que le ofrezca mi vida; esa que ya le regalé enteramente sin querer hace ahora algunos años.

Cada día restringe más mis emociones. Me pide que haga lo que sea necesario para demostrar que nuestra relación es saludable ante todos mis allegados y conocidos, pero que deje de reír y sonreír cuando me devuelva a la intimidad. Y no lo soporto. No soporto ver su disfrute reavivando en mi recuerdo cada fracaso que he ido cometiendo, al igual que no aguanto percibir su risa con cada palabra mal pronunciada que alcanzo a verbalizar oralmente cuando mi inseguridad habitual hace que me vuelva víctima de la ansiedad ante situaciones comprometidas. Tampoco soporto observar su gozo cada vez que caigo ante mis pretensiones. Desde que estoy con ella, cesan mis ganas de vivir cada vez que un nuevo pensamiento positivo intenta abrirse camino en mi espíritu. Creo que me está envenenando.



Tampoco puedo dormir junto a ella. Siento que puede ahogarme en cualquier momento, y ese miedo me provoca temer inconmensurablemente la inconsciencia que provoca la bendita ensoñación que tanto bien me hace. No me permite salir, leer, concentrarme y me está consumiendo de nuevo lentamente. Yo la llamo Dafne, pero, ¿Cómo la llamarías tú?

jueves, 15 de octubre de 2015

Nubes.

Te he buscado en la luz del sol, en los astros de la noche y en la materia terreste que alcanzo a percibir, pero sólo en las nubes te he vuelto a encontrar. Me hallo ahora observando tus coordenadas. Me observas sin observar en silencio, o tal vez llorando por tu regreso a la metafísica de nuestras percepciones sin poder hacernos partícipes del porqué de tu trascendencia. Aún recuerdo cuando eras en mi dimensión, cuando dejabas seducir tus sentidos por la placencia de nuestra mutua companía y las benditas consecuencias que de ella se derivaban. Recuerdo cuando laborabas a voz de abubilla las tonadillas de tus emociones mientras yo me divertía uniéndome a entonar a la par contigo aquellas sentidas canciones que juntas lográbamos eclipsar. También recuerdo cuando el alegre frescor de tu sonrisa incompleta inundaba de luz el vacío abisal del que yo, sin elegirlo, era partícipe, fruto de mi innata condición de soledad. Me desvivía por amarte. Te desvivías por amarme, abuela.

Hoy sólo puedo amarte desde el silencio de mis lamentaciones o la precisión inconsciente de mis palabras. Escribo con la tinta de cada latido sinérgico cuan grande es mi nostalgia y cuanto lamento no haber sabido aprovechar la mayor parte de los momentos de los que pude haber sido partícipe con esa ahora marchita síntesis carnal tuya que siempre me dio cobijo, que cambié por días fútiles de execrable tediosidad ociosa cuando, para colmo, eran abundantes las oportunidades de disfrutar de tu presencia. También rondará por siempre en mi memoria ese malestar físico y esa maldita desidia inconsciente que me llevó a no poder acompañarte en los últimos suspiros mecanizados de tu, entonces, frágil existencia humana. Desde entonces cargo con la cruz de mi penitencia sin hacerte, por supuesto, a ti culpable.



Que no daría yo por volver a abrazarte, besarte y quererte como antaño tu conciencia e inconciencia me permitían poder hacer. Desde que no estás, abuela, me siento sumida en un lapso inconmensurable de vivencias recordadas que no me permite hacer de mi presente actual el regalo que querría hacerme cuando llegase viva a tu edad, si es que soy capaz de no acompañarte antes. Como ves, te escribo desde la tragedia inconsciente que ahora es nuestro lazo de unión más reciente. Pero para mermar en mí este infortunio, desde hoy te dibujaré en las nubes y encontraré impresas en cada una de ellas tus notorias y características expresiones de felicidad que ahora tantísimo anhelo. Quiero creer que aún sigues a mi lado. Quiero creer que me hablarás con ellas. Será ahora nuestro lenguaje; será ahora mi hábito observarlas. Necesito que así sea.